La sencillez en el arte de la magia.
El cineasta Jonathan Glazer dijo algo que no se me va de la cabeza. En una conversación sobre su película Under the Skin, habló de simplificar y lo formuló así: «La máquina perfecta es la que tiene menos piezas. No empiezas con las menos piezas, sino que destilas hasta llegar a ellas. La sencillez es con lo que terminas, no con lo que empiezas. Si tienes suerte, llegas ahí».
Si tienes suerte, llegas ahí.
Esa frase no me suelta. No como una idea de cine, sino como algo que yo podría haber dicho sobre la magia. Aunque quizá a lo de la suerte se le puede añadir: «Si tienes suerte y trabajas duro, llegas ahí».
Under the Skin es una película de ciencia ficción de 2013 que no se parece en nada a un taquillazo típico de Hollywood. Scarlett Johansson interpreta a un extraterrestre sin nombre que recorre las calles de Glasgow y atrae a hombres solitarios a una especie de inframundo donde luego los devora. La trama suena extraña, casi abstracta, y es intencional. Glazer la cuenta con un mínimo de recursos. No hay un argumento inflado, ni explicaciones innecesarias ni subtramas que distraigan. La historia es el destilado y, detrás, hay otra historia o mensaje más profundo que no voy a desarrollar aquí. Lo que me interesa es el enfoque estilístico y la forma en que Glazer construyó la película.
En su lenguaje visual, Glazer usó principalmente luz natural. Cuestionó literalmente cada fuente de luz artificial y, casi siempre, la descartó. Su palabra clave para el estilo visual de toda la película fue «sin adornos». Quería que todo se viera tal y como es. Sin estética por la estética, sin decorados que se interpongan entre lo esencial y el público.
El resultado es notable. Como la película entera es tan visualmente contenida, tan apagada y tan monocromática, cualquier pequeña desviación de esto adquiere significado de inmediato. Por ejemplo, en una escena, el personaje de Johansson lleva una blusa de un color vivo frente a un entorno completamente en tonos suaves y discretos. Ese único color, ese único elemento luminoso, atrae toda la atención. No necesita explicación. Funciona porque todo lo demás palidece a su lado.
Este principio también podemos —y debemos— aplicarlo a la magia.
Para nuestros milagros solemos utilizar los accesorios más sencillos. Cuatro monedas, un vaso y un paño. O un mazo de cartas normal. O una cuerda. Objetos que todos reconocemos del día a día, sin nada especial. Y, sin embargo, son estos objetos los que son capaces de hacer cosas imposibles. Si estudias las rutinas de grandes maestros como Slydini, Vernon y Ramsey y buscas este principio, descubrirás que las mejores rutinas utilizan los accesorios más simples. Esto es especialmente cierto para los llamados «clásicos» de la magia.
La sencillez de los accesorios no es casualidad. Es una herramienta dramática. Cuanto más familiar es el objeto, mayor es el contraste con lo imposible que le ocurre. Por ejemplo, una moneda que atraviesa la mesa frente a todos es más asombrosa que un objeto exótico que nadie conoce, ya que todos sabemos cómo funciona una moneda. Sabemos lo que puede hacer y lo que no.
Glazer hace lo mismo, no con accesorios, sino con personas. Muchas de las «víctimas» del extraterrestre en la película no son actores, sino transeúntes reales de Glasgow filmados con cámaras ocultas sin que lo supieran. Se comportan con naturalidad porque son ellos mismos. Y esa autenticidad es lo que hace que lo que viene después resulte tan inquietante. Creemos reconocer a esas personas porque la sencillez de sus acciones y su comportamiento nos resultan familiares. Y luego desaparecen, lo que nos obliga a pensar.
Lo familiar seguido de lo imposible e inesperado. Esa es la esencia de la magia. Hay otro aspecto, quizá incluso más importante, con el que se puede lograr esta sencillez: lo que omitimos.
Una superproducción típica de Hollywood está llena de todo lo imaginable. Una banda sonora nos indica qué debemos sentir. Cortes rápidos que no dejan tiempo para pensar y le dan ritmo a la película. Varias líneas argumentales entrelazadas. En casi cada plano hay ruido visual. Nada de esto es accidental: su objetivo es entretener, captar la atención y funcionar.
Pero tiene un precio. Ese ruido distrae. Llena tanto el espacio que no queda lugar para pensamientos, emociones o interpretaciones propias. El espectador es guiado por la película como por una habitación llena de cosas: en cada rincón hay algo nuevo que ver, no hay espacio para detenerse.
Glazer se niega a eso en su película. Deja que las escenas respiren. Permite el silencio. Deja al público en la incertidumbre sobre lo que debe ver y, así, lo obliga a mirar por sí mismo, a decidir por sí mismo e interpretar por sí mismo. Eso resulta menos cómodo para el espectador, pero es más poderoso.
¿Qué significa esto para nosotros?
Cuando mostramos un truco, tomamos decisiones una y otra vez sobre el staging, todo lo que rodea al efecto: ¿cómo está colocado el objeto?, ¿qué más hay en la mesa?, ¿qué llevamos puesto?, ¿qué decimos?, ¿qué le mostramos al público antes de que llegue el momento central?, ¿qué acciones ejecutamos?
La mayoría de esas decisiones las tomamos sin haberlas pensado lo suficiente. Elegimos un fondo, una iluminación y no le damos mucha importancia a lo que hay sobre la mesa. Eso suele incluir también las palabras que le dedicamos al truco. Y luego nos preguntamos por qué el impacto es más débil de lo esperado.
Glazer se preguntó: ¿qué es realmente necesario?, ¿qué necesita el espectador para captar la esencia de la historia? Todo lo demás, fuera.
La blusa de color vivo en esa escena funciona porque el resto de la imagen es contenido. Si toda la película se hubiera rodado en colores intensos, la blusa no tendría significado. Significa algo porque es lo único que destaca en ese entorno.
Trasladado al mundo de la magia: si en la mesa o el escenario hay de todo, nada destaca. Si solo hay un objeto, y a ese objeto le ocurre algo imposible, despliega toda su fuerza. La sencillez no es una limitación, sino una decisión consciente. En la mayoría de los casos, es la más difícil.
Glazer tardó varios años en rodar su segunda película. Luego otros nueve hasta Under the Skin. En comparación con otros directores y productores, no es muy prolífico. Prefiere destilar. El resultado son tres películas, cada una con más peso que docenas de películas de otros directores juntas.
No tenemos que esperar años, claro. Podemos empezar ya a preguntarnos: ¿qué es realmente necesario de lo que hago al poner en escena mi magia?, ¿qué contribuye al impacto de mi magia y qué es solo ruido superficial?
Porque la sencillez, como entendió Glazer, no es un punto de partida natural. Es el resultado de un largo proceso de omisiones. Se alcanza dejando de sumar y empezando a quitar.
